Nuevo Despertar



Cogí el último tren de la noche con destino final al comienzo de una etapa nueva en mi vida, viviendo en una ciudad desconocida y entrando en la universidad.

El vagón estaba vacío, al menos en los asientos cercanos al mío o, eso pensaba yo pues, en el instante que me transportaba al mundo de los sueños, me pareció verla a ella, reflejada una vez más, a través del cristal.

Un escalofrío recorrió por mi cuerpo, no me podía suceder esto ahora; tanto tiempo de terapias y pastillas para no tener otra vez alucinaciones en vano… Aparté la mirada hacia la derecha, con la esperanza de que el reflejo perteneciera a una mujer que estuviese cambiándose de asiento pero a mi derecha no había nadie andando, ni tan siquiera había un alma despierta a estas horas de la noche.

También pensé que podría tratarse de una pesadilla, fruto de viajar en tren y nervioso por comenzar la universidad pero, cuando me armé de valor y volví a mirar hacia el cristal, aún estaba ella mirándome.

Siempre que aparecía en mi niñez, lo hacía durante varias fracciones de segundos pero nunca tanto tiempo como lo estaba haciendo en esos momentos. Fue la primera vez que podría verla detenidamente pero me acobardé y cerré los ojos, conté hasta diez y me dije una y otra vez, en voz baja, “tienes que dormirte, es tu imaginación”, “tienes que dormirte, es tu imaginación”.

No dormí esa noche, aún así, no me atreví a abrir los ojos hasta que noté en mis mejillas el suave calor del sol al amanecer. A pesar de no haber abierto los ojos aquella noche, ella estaba entre mis pensamientos, en mi visión.

Aún quedaban dos horas para llegar a mi destino, durante ese tiempo evité mirar por la ventana y me puse a leer un libro…Cuando llegué al destino fui al cuarto de baño de la estación, me eché agua en la cara, me dirigí al bar y mientras me tomaba un café y me fumaba un cigarro, me sonó el teléfono móvil.

- ¿Dígame?- dije.

- No tengas miedo…- dijo, entrecortada,  una voz femenina.

- ¿Cómo? ¿Quién es? No estoy para bromas telefónicas, váyase a la puta mierda.- respondí medio asustado, medio cabreado.

- ¿Así es cómo le coges el teléfono a tu primo? Como te pongas tonto, te buscas la vida para venir a casa…

- Eh…pe…pero…

- Eh…pe…pero… Ni peros ni nada.- empezó mi primo a reírse.

- Tío, no me hagas nunca más esas bromas.- le dije.

- Primo, no te he hecho ninguna broma, que son las ocho de la mañana a ver si despiertas ya. Bueno te llamaba para decirte que hasta dentro de un par de horas no podré llegarme a recogerte, ha habido algún problema en la oficina y estoy esperando al fontanero.

- No te preocupes, te esperaré en el jardín que hay frente a la estación, cuando estés llegando, dame un toque.

Me levanté de la mesa, pagué la cuenta y salí de la cafetería, marché a consigna y dejé la maleta en una de las taquillas, luego me dirigí al parque. Nuevamente me sorprendí cuando leí en una valla publicitaria “no tengas miedo, es tu futuro” haciendo referencia a alguna campaña de prevención de enfermedades. Repetí en voz baja aquel eslogan.

Me senté en un banco al lado del estanque de patos, a estas horas de la mañana no había nadie paseando por el parque, me puse música con el mp3 y continué leyendo el libro… Al poco tiempo, escuché a alguien decir “no tengas miedo”. Me levanté del banco, el mp3 cayó al suelo, cuando me agaché a cogerlo, vi una sombra tras de mí. Cuando me giré, estaba ella ahí, en carne y hueso, era real. Salí corriendo.

Mientras corría, apareció frente a mí, caí al suelo.

- ¿Pero qué eres?- Grité mientras me quedaba inmóvil en el suelo del miedo.

- No tengas miedo Chad, es el momento, tienes que despertar, te necesitamos…

- No soy ese Chad! Me llamo Tomás.

- Lo siento pero cuando despiertes lo comprenderás. Lo siento mucho por las formas y los medios, tú mismo las estableciste así hace un tiempo.

- Qué dices, te repito que no soy ese que buscas…

Me levante del suelo y volví a salir corriendo mientras huía de aquella mujer escuché el sonido de una pistola disparando, el tiempo se ralentizó. Noté que la bala me alcanzó, sentía como la sangre salía por algún lugar de mi cabeza,  iba perdiendo el conocimiento poco a poco mientras aquella mujer me abrazaba y lloraba…

Al poco tiempo abrí los ojos, me dolía la cabeza, no estaba muerto. La primera imagen que tuve después del disparo era aquella mujer dándome la bienvenida, estaba en una habitación blanca, como de un hospital o un laboratorio, no sabría decir dónde estaba.


No tengas miedo Chad – fue lo primero que me dijo haciéndome señas para que no me mueva- todo estará bien.

¡Mi nombre es Tomas! respondí furioso quise atacarla pero estaba atado a la cama, correas sujetaban mis manos y pies, Nuestra intención nunca fue usar la fuerza pero lo haremos otra vez si es necesario dijo como una sutil amenaza mientras retiraba la sabana que me cubría. Puso su mano en mi muslo jugando con mis vellos, has crecido rápido dijo mientras frotaba su mano contra mi muslo. Te he observado durante toda tu vida, como un jardinero observa a sus plantas crecer y ha llegado el momento de cosechar dijo mientras miraba y acariciaba mis genitales, me dio un apretón que hizo que me abandone todo el aire, giro sobre su taco y se dirigió hacia la puerta, una ranura electrónica y dos beeps abrieron la puerta.

Había tenido fantasías siendo atado a la cama pero ni en la peor de mis pesadillas imagine que estuviese en esta situación. La habitación estaba inundada por el olor a desinfectante, sin duda estaba en un hospital o algo así. A pesar de la situación me encontraba en calma, tenía el cuerpo adolorido y el dolor en mi cabeza me recordó la herida que tenia.

Vi sobre la mesa un expediente grueso, una jarra con agua y un vaso, mi sed era enorme y no quería otra cosa que no sea saciar mi sed, de pronto sentí un dolor agudo en mi cabeza pensé que mi cabeza iba a explotar cerré los ojos de dolor y sin embargo vi que la jarra con agua se acercaba a mí. Sin saber cómo sabia que algo extraño me sucedía, toda mi vida había sido tildada de “raro”, mis alucinaciones, mis terapias, las drogas que usaba para mis crisis, todo estaba relacionado con esto.

El agua se movía en la jarra como si una cuchara invisible la hubiese agitado en sentido horario, la mire y desee que se acerque y la jarra se movió un poco, el dolor por el esfuerzo me detuvo. Volví a intentarlo y el movimiento de la jarra envió el vaso al piso. Decidí liberarme así que me concentre en la correa que ataba mi mano derecha, el esfuerzo me produjo un dolor intenso, pero finalmente logre liberarla. Sentí un líquido caliente y salado que llegaba de mi nariz a la boca, el sabor salado de mi sangre me hizo enfurecer, lo sentía venir, una crisis se acercaba.

Me libere rápidamente baje de la cama y un pedazo del vaso roto se incrusto en mi pie, el dolor solo avivo la llama de mi cólera, ignore el dolor y bebí de la jarra, mis torpes movimientos hicieron caer el expediente, había fotos mías dispersas por el piso, ¡muchas fotos!, ahí estaba yo, más joven, en el colegio, en casa, con mis amigos, había fotos de la mujer de mis alucinaciones, en la carpeta leí sujeto de experimentación Nº 22 “CHAD” , desperdigado en el piso encontré mi vida a retazos.

He despertado de lo que pensé era mi vida ¡Yo no soy quien creía que era! Mis pensamientos fueron interrumpidos por el estridente sonido de una alarma y luego una explosión…


Aprovechando la confusión y el estruendo provocado por la explosión, Tomás consiguió deshacerse definitivamente de las ataduras y, todavía torpe y confundido, salió de la habitación en la que se encontraba recluido.

Recorrió, aturdido aún, el pasillo mientras la alarma seguía sonando martilleando su cabeza. A través de una ventana pudo ver, a lo lejos, el alboroto que se había formado en el jardín. Un pequeño depósito de combustible, seguramente de un generador, estaba ardiendo. Un grupo de unas diez personas, algunas de ellas con batas blancas, intentaban apagarlo para evitar que el fuego se propagase a unos depósitos cercanos.

Tomás siguió recorriendo el pasillo algo más consciente. Pudo observar que en las puertas de todas las habitaciones había un cartel con un número y un nombre. Igual que pudo observarlo en la suya cuando salía: el número 22 y el nombre Chad.

El pasillo terminaba en una amplia puerta de dos hojas, abatible, que a Tomás le recordó a la de los hospitales, a las que hay en las entradas de los quirófanos. La curiosidad pudo más que sus ganas de escapar y se acercó a descubrir que había en su interior. Y poder así encajar alguna de las piezas de ese misterioso puzle que tanto le atormentaba.

Lo que encontró en su interior le dejó sin aliento. Era una sala llena de ruidosas máquinas, de enrevesados cables, y de un extraño instrumental quirúrgico. Y en el centro, el cuerpo de un hombre. Estático, rígido, inerte. La extrañeza de Tomás se incrementó cuando se percató de que aquel hombre desnudo realmente era él. Una réplica exacta de sí mismo. Un clon.

En el pecho, en el lado del corazón tenía unas marcas, las mismas marcas que se hacen cuando se va a proceder a realizar una operación y definir el corte del bisturí. Las mismas marcas que tenía el propio Tomas en su pecho.

¿Qué era lo que pretendían hacer con él? ¿Quiénes eran estas personas que habían estado persiguiéndole toda su vida, desde su infancia? ¿Dónde se encontraba?

Y mientras todas estas preguntas se agolpaban en su cabeza, sintió una presencia a sus espaldas. Se dio la vuelta y vio nuevamente a la mujer que tantas veces se le había aparecido a lo largo de su vida.

-Chad, tranquilo.-dijo ella sonriendo.-Ya queda poco para que llegue tu "nuevo despertar".- La mujer acercó una especie de pistola al pecho de Tomás. A continuación, éste sintió una fuerte descarga eléctrica.

Y cayó al suelo inconsciente.


Sentí un frío terrible en mis nalgas, lo que me hizo despertar, abrí los ojos poco a poco, aún aturdido por lo que recordaba fue una especie de calambrazo, y allí estaba yo, tendido en aquella camilla metálica, cuan largo era, completamente desnudo... lo que me recordaba aquella vez que, de niño, cuando me operaron de mi huevo ascensor, con nueve o diez años, y al despertar de la anestesia, estaba allí, en la cama, “con todo al aire”, rodeado de los abuelitos, mis padres y todos mis primos... ¡Seré gilipollas, ahora estaba todo claro! ¡Cómo no lo sospeché antes! ¡La respuesta estaba allí mismo, en mis huevos...! Alcé la cabeza con dificultad, pegando tanto la barbilla al pecho como me lo permitía el estar atado de pies y manos a aquel frío aluminio, y en efecto, allí estaba la respuesta... ¡No tenía las cicatrices de mi ingle que atestiguaban aquellas dos operaciones de niño....! Entonces comprendí... ¡Todo estaba tan confuso, tenía la sensación de mezclar recuerdos viejos con otros nuevos! aunque no me dio tiempo a pensar mucho... Sentí una presencia....

Giré la cabeza y allí estaba ella, la mujer misteriosa... tenía que tener siempre el cuello girado a derecha o izquierda, pues aquella luz blanca, tan fuerte, de quirófano, que se cernía sobre mí me impedía mirar hacia arriba... sentí cómo una silla se arrastraba y al fin, la tuve sentada a mi lado... se inclinó sobre mí, apoyándose en mi pecho, mirándome frente a frente... lo que era de agradecer pues se interponía entre aquella luz cegadora y yo...

- CHAD...– comenzó a hablar- Supongo que estás aturdido y que todo esto es muy duro para ti... no te avergüence tu desnudez... ¡Te he visto así muchas veces, tonto!... ¿Por dónde empiezo?.... Hace mucho tiempo nos casamos, éramos felices, la pareja del billón de euros, nos llamaba la prensa rosa... la mejor modelo del planeta, la más guapa, alta y esbelta, y uno de los mejores médicos del mundo, despreciado por sus colegas, por sus trabajos e investigaciones sobre la clonación humana... –Hizo una pausa, pues sus ojos se humedecieron- Luego vino tu enfermedad repentina, después aquél fallo multiorgánico... ¡y la muerte estaba tan cercana! ¿Lo entiendes? ¡Tú muerte...! Gasté toda nuestra fortuna en que tus discípulos siguieran tus trabajos y estudios y por fin, hicieran lo que tú nunca te atreviste, dar el paso definitivo, clonar a alguien... a ti... La idea era darte la vida para después, en un momento dado, asesinarte, y trasplantar todos tus órganos a los del verdadero CHAD, como has podido comprobar... Sin embargo algo falló, algo no estaba claro en tu investigación... Ahora me dicen que el otro cuerpo, tu verdadero cuerpo, no es viable, la única solución que queda es trasplantar –tus alumnos han seguido la investigación por otros derroteros- el cerebro de mi CHAD en tu cuerpo, en este repositorio perfecto que he creado... ¿Lo entiendes, verdad? ¿Serás capaz de perdonarme? ¡Lo he hecho todo por amor...!

Yo ya no me sorprendía de nada, desde que me desperté y vi que no tenía las cicatrices me percaté de algo así, con todo, pese a que aquella mujer era, ciertamente, muy atractiva, asomó en mi rostro un rictus de sonrisa picarona y le dije...

- ¡Cariño...! ¿Puedo llamarte así, verdad? – Ella asintió con la cabeza mientras mesaba mi cabello con sus manos temblorosas- He visto las fotos del expediente... mis fotos de la infancia, del instituto, mi graduación en la universidad, aunque tu nuevo CHAD ha estudiado Derecho, no Medicina... ¿Pillas, la diferencia? Creo que no, ricura, pero no importa, ya cuando me casé contigo debí suponer que eras tonta... ¡No tienes la culpa de ser rubia! Ese es el gran problema de la clonación... habrás podido recrear mi cuerpo, es verdad... ¡hasta creo que tengo la polla más bonita y proporcionada que antes! –Ella hizo un gesto de disgusto, seguramente su CHAD no era tan ordinario como el nuevo TOMÁS- ¡Pero no se puede clonar todo lo demás! Para empezar la primera desviación del experimento, CHAD era médico, yo soy abogado... y luego otra pequeña diferencia (bueno, si me refiero a la polla “no tan pequeña”).... En tu expediente no hay fotos de mi intimidad, cariño, no tienes fotos de mis pajas adolescentes pensando en los actores de la tele... lo que tú crees, en tu expediente, amigos míos, saliendo o entrando de mi piso de estudiantes, de joven, no son más que ligues de una noche de verano, con los que me harté de follar... no tienes fotos ¡qué controladores más malos tienes, o te han tenido engañada...! de mis idas y venidas a la sauna, donde me he tumbado, gustosamente, no como ahora, en otras camillas donde me han comido la polla como a nadie.... porque tu antiguo CHAD, querida, en este nuevo TOMÁS... ¡Es maricón perdido...!

Ella se levantó de la silla enfurecida, estaba fuera de sí, la silla salió volando de lo alterada que estaba, temí que usase violencia contra mí, que estaba allí, desnudo y atado, sin poderme defender.... Sólo escuchaba sus gritos y sus reproches, mientras yo la jaleaba, mosqueándola más, diciéndole que si en sus estudios tuvieron en cuenta que se puede clonar el cuerpo, más no la “vida” de una persona... De repente entró un médico en la habitación... ¡Dios mío, era guapísimo...! Sin duda habría venido alertado por el escándalo de la otra, intentó tranquilizarla, gritándome a mí de malas maneras que me callara y no la enfureciera más... cuando así logró calmarla, los dos se acercaron de nuevo, a asomarse a mi camilla, veía sus rostros sobre mí... uno a derecha y otro a la izquierda, desde aquella posición, aquel paquete sugerente que marcaba el doctor en esos pantalones de tela tan fina que usa el personal médico, parecía que se cernía sobre mí... empecé a sentir una sensación conocida y entonces, nuevamente, abrí mi bocaza, con la conciencia de que estaba indefenso, es verdad, pero si no, no sería yo mismo....

- Doctor, no tengo el gusto de conocerle... cariño... puedo demostrar que no miento, si se toman ustedes la molestia de mirar hacia abajo, verán mi polla, preciosa, turgente, sonrosada... más tiesa que el mástil de un velero... y no has sido tú cariño, la que lo ha provocado... que llevo ya un rato aguantándote ¡so, petarda!, sino la irrupción de este doctor tan guapo...

La pelota estaba en su tejado.... yo era un jugador atado de pies y manos...


Tanto el médico como la mujer extraña me miraban como si de un bicho en pruebas se tratase, los dos a dúo observaban mi creciente verga empalmada, y mi mueca risueña y picara en la boca. Tras un largo silencio en el que yo intentaba desatarme lo suficiente una de las manos, para llegar a tocar el paquete del doctor y que así vieran que no iba de farol, se marcharon del quirófano donde estábamos.

Frustrado, así me encontraba, con la sensación de engaño recorriéndome el cuerpo ¿Sería verdad toda aquella película que me acababan de contar? Lo que estaba claro era que pruebas había, las fotos, el otro yo, mi clon, o yo su clon, o yo que sé. Ahora lo más importante era liberarme y salir de allí por patas.

Tardaron más de cinco horas, que contabilicé gracias al enorme reloj de pared de la sala, en volver a por mí, aunque esta vez era solo el médico el que hacía acto de presencia.

- Mira Chad, Tomás o como quieras llamarte, te ayudaré a salir de aquí si tú me prometes una cosa — dijo el atractivo hombre de bata casi transparente y evidente desnudez bajo ella.

- ¿Qué quiere de mí doctor? — Le contesté señalando con los ojos las correas de mis manos y pies.

- Simple, si tú me dejas acompañarte a donde vayas, te ayudaré a salir de estas instalaciones— hizo una pausa mientras miraba hacia la puerta de entrada— sino, te dejaré aquí y me marcharé solo, pero, será mejor que luego no me engañes y me dejes tirado en cualquier sitio intentando darme esquinazo, porque tengo medios para que te encuentren en cuestión de segundos.

Pensé durante un momento a qué se debía este tipo de proposición, ¿para qué querría este hombre hecho y derecho mi ayuda para desaparecer? Era ilógica su petición, pero como estaba muy bueno y yo no tenía nada que perder…

- Está bien, vendrás conmigo, nos esconderemos en un lugar seguro que tengo y ya decidiremos después qué hacer.

Desató mis correas rápidamente, me ofreció otra de esas batas blancas tan sexys y los dos por el conducto de refrigeración llegamos a las habitaciones traseras de lo que parecían un almacén. Tras varios minutos escondido entre cajas que contenían amoniaco vino a buscarme, y los dos montamos en su BMW negro, yo en el maletero y él, lógicamente, conduciendo.

Una vez fuera del vehículo, comprobé que mis indicaciones habían dado resultado, estábamos en la entrada del bosque de Arbuth, donde una cabaña muy coqueta nos esperaba a una distancia de tres horas de caminata.

Le miré lujuriosamente al poco de entrar a mi antiguo y escondido nidito de amor, o “picadero”.

- Antes de arrepentirte por lo que puedas hacer o decir, deberías saber algo— dijo mientras le acorralaba contra la pared de madera entre mis brazos extendidos, rozando sutilmente nuestras batas— Tomás, soy tu hijo.


Sentí rabia y, al tiempo que lentamente, mi erección y mis expectativas dejaban paso a la incertidumbre, mis ideas y mis recuerdos se desdibujaban, haciéndome sentir un pelele en manos de un dios aún más incierto que el del resto de la humanidad, si es que yo pertenecía a ella…

- ¿Quién coño soy? -grité zarandeando por las solapas de la bata al hijo en que se había convertido el atractivo doctor, que ahora temblaba pálido ante mi inesperado arranque de ira.

No esperaba ni una sola palabra en respuesta a mi pregunta, sólo golpeaba aquella bata cada vez más fuerte contra la pared, en mi creciente y cegadora furia, hasta que la solté­ sobresaltado por una dulce risa que procedía del fondo de la cabaña y que se acercaba poco a poco, dejándome ver enseguida a la pertinaz rubia que parecía seguirme desde todos y cada uno de los rincones de mi diluido Yo.

- Esperaba una escenita familiar menos agresiva, doctores -dijo mi supuesta esposa mientras nos dejaba ver con desgana el brillo de un arma corta en su mano derecha.

- ¿Cómo sabes que existe este lugar?-le dije acercándome a ella, creo que demasiado para su gusto, ya que levantó la pistola y me obligó a caer sentado en un sofá que conocía más de mí que yo mismo.

- Vaya, Chad cree que es el único que ha tenido sexo en el bosque de Arbuth, y además cree que nunca lo ha tenido con su mujercita -dijo ella acariciándome la mejilla con el cañón –el pobre no recuerda haberme traído aquí para sus perversos jueguecitos, a los que yo le seguía loca de amor aunque siempre supe que él amaba a uno de sus compañeros de profesión, no recuerda que estuvo muerto y no sabe que mientras, yo tuve tiempo para gastar billones tratando de recuperarle, para desenamorarme, y para venir aquí a jugar con otros, con muchos otros –luego se dirigió a nuestro hijo –Así que intentabas dejarme sola ahora, cuando más te necesito –con el arma le hizo una seña y él rápidamente se sentó junto a mí mientras ella continuaba hablando –El hijo al que convertí en una eminencia, al que puse al frente del que podría ser el mejor equipo de investigación para la clonación humana del mundo, el hijo al que hice asquerosamente millonario se intenta fugar junto con el valiosísimo monstruo que él mismo ha creado a partir de su padre. El engendro que yo necesito para recuperar todo lo que perdí: mi fama, mi fortuna, mi imperio –enlazó los dedos de su mano izquierda en sus rizos rubios y tiró de ellos hacia atrás, mientras en su boca se dibujaba el delirio.

Sentía náuseas, mi estómago estaba del revés como mi cabeza, en la que datos y más datos, que parecían sacados de la más disparatada pesadilla, giraban tratando de ordenarse según algún criterio imposible. Por otro lado la situación en la que me encontraba no parecía nada fácil, al menos no se me ocurría como salir de ella.

Mientras la mujer rubia seguía hablando de lo que cada vez eran mayores disparates, yo trataba de tranquilizarme. Respiré profundamente unas cuantas veces y apreté los ojos intentando centrarme.

Me sorprendió la vibración de un móvil en el bolsillo de mi bata, mecánicamente lo cogí y cuando iba a responder, la rubia apoyó el cañón del arma en el centro de mi frente –contesta con normalidad o lo lamentaremos todos –dijo.

- ¿Dígame?-dije.

- No tengas miedo…-dijo, entrecortada, una voz femenina.


La voz que se deslizaba por mis tímpanos, era LA VOZ y al escucharla comprendí que era ligeramente distinta a la de aquella mujer que decía ser la mía, cerré los ojos para poder escucharla con atención y el mundo se paró a mi alrededor, tan solo Ella existía. El mensaje de siempre, “no tengas miedo”, la traducción que, de él, hacía mi cerebro, “tranquilo, estás en casa” y de ahí pasé a la calma total en solo unos segundos.

Mis músculos, antes en tensión, se relajaron, mi puño dejó de estrangular al teléfono, quería mirar la pantalla para ver el número de donde me llamaba pero no era capaz de separarlo de mi oreja, era mi único vínculo con ella, “no tengas miedo”, volvió a decir, “cuelga, abre los ojos”. Tanto tiempo huyendo de la Voz y cuando me decido a seguirla a dónde quiera llevarme me pide que cuelgue y abra los ojos. Traté de hablar, de pedirle que no se fuera, que la necesitaba conmigo para sentirme seguro. No quería obedecer y aún así, como siempre, le hice caso. Separé lentamente el móvil de mi cara y bajé el brazo hasta dejarlo colgando pegado a mi cuerpo. Quedaba lo más difícil, abrir los ojos y volver a enfrentarme a aquella mujer que pretendía asesinarme y a aquel hombre que decía ser mi hijo y por el que había sentido una súbita atracción. Atracción por un hombre. Yo. Sentí vergüenza.

Tuve miedo de la luz. Aquella llamada y la oscuridad, que encontré tras mis parpados, habían actuado de freno a los acontecimientos, todo se había parado, la mujer no se había abalanzado sobre mí, como esperaba unos segundo antes, el médico permanecía callado, ¿qué pensarían?, ¿qué esperarían de mí?, ¿qué encontraría al volver a la realidad?, ¿podrían oírla también?, la voz volvió a sonar acariciando mis oídos, “no tengas miedo, abre los ojos”. No hablaba a través del móvil, no pude evitar anotar ese dato, sentí inútil el aparato que sujetaba en la mano y lo dejé caer al suelo. Abrí los ojos a tiempo de verlo impactar en el suelo de piedra. Piedra. ¿Dónde estaba?

En el parque. Junto al estanque. La casa había desaparecido y con ella se marcharon aquellos dos extraños. Volví a mirar al suelo, quise recuperar mi móvil, quizás podría pulsar la rellamada, quizás ella aún estaba allí y pudiera explicarme qué me pasaba. En la piedra no había ningún teléfono, junto a mis pies solo estaba el mp3 que se me había caído antes de … antes de ¿qué?, ¿qué había sido todo aquello?, ¿una pesadilla?, ¿por qué a mí?, ¿por qué otra vez?. Por suerte a mi alrededor solo había árboles y patos, el día estaba medio nublado, no había nadie, estaba solo con mis extraños sueños, hubiera preferido que me rodearan niños jugando con bicis y patines, señoras paseando perros, algún abuelo leyendo el periódico, en definitiva, echaba de menos la “vida normal”. Confundido, me acerqué a un banco de hierro y me senté, apoyé la cabeza entre las manos y traté de ordenar mis ideas.

Volvió a sonar. El teléfono. Tanteé los bolsillos de mi chaqueta. Estaba en el derecho. Como siempre. Lo llevé a mi oreja y antes de pulsar el botón verde, mi corazón ya la escuchaba decir “no tengas miedo, estoy aquí”. La voz que escuché no fue la de Ella. Al otro lado de la línea mi primo preguntaba:

-“¿Dónde estás?, te dije que en un par de horas estaría por ti, llevo ya veinte minutos esperándote y no contestabas al teléfono”- Se notaba algo molesto, lo entendí, me hacía el favor de venir a por mí para llevarme a la facultad y lo hacía esperar.

Me costó articular las palabras, como si acabara de despertar de un largo sueño, carraspeé un poco y con trabajo, contesté:

- Estoy en el parque de enfrente de la estación. Me he sentado en un banco a esperar y creo que me he dormido, perdona, voy para allá.

- Pues espabila, tengo que volver a la oficina y el rector te recibe dentro de media hora. Acabas de obtener tu plaza de profesor de neurología en la mejor Universidad del país. ¿Ya quieres perderla?


Llegué al encuentro con mi primo en apenas un minuto. La confusión por lo acaecido en las últimas horas no me debía impedir continuar con mi vida. Me habían concedido una beca para entrar en la mejor universidad del país, ¿puedo arriesgarme a perderla por culpa de un sueño o una monomanía? No, no debo permitirlo. Debo centrarme y ordenar mi futuro. Deshacerme de esa voz que me atormenta en cuanto pretendo seguir con mi camino, pues no es más que eso, una voz sin nombre ni procedencia. Y comenzar, de una vez por todas, desde cero, una nueva vida en la facultad.

Con las prisas casi me olvido de la maleta que, unas horas antes, había dejado en consigna. Mi primo no puso buena cara cuando tuve que dar media vuelta para recuperarla. Corrí hacia las taquillas de la estación y, justo en el instante en el que introduje la llave en la taquilla, volvió esa voz, solo que esta vez sonaba más angelical. Transmitía una paz insólita, paralizante casi. La saqué de mi cabeza sin molestarme en buscarla como habría hecho antes y regresé al coche, que ya estaba en marcha y orientado en la dirección correcta.

- Tienes mala cara Tomás- dijo en cuanto terminé de abrocharme el cinturón.

- No duermo muy bien últimamente- lo miré brevemente-, ¿nos vamos?

No dijo nada.

Poco puedo contar del trayecto a la facultad, pero sí de la sensación que tuve en cuanto la tuve frente a mí. Me sentí bien, así de simple. Para una persona normal, sentirse bien quizá no sea gran cosa, pero yo tenía que retroceder mucho en el tiempo para recordar cuándo fue la última vez.

Entré en la facultad para dirigirme hacia el despacho del rector, el barullo que había en los pasillos fue como un bálsamo que todavía aumentaba más mi autoestima. Mi primo, prácticamente, tenía que correr para poder seguir mis pasos hasta que llegué ante la puerta de la oficina del rector. Ahí me detuve en seco. Otra vez esa voz, otra vez. Quise ignorarla tal y como me había propuesto, solo que esta vez quise escucharla. Porque me decía:

<< Ten miedo, no entres, ¡huye!>>

Miré a mi primo, tenía el rostro desencajado en una mueca funesta. Un terror anónimo y contagioso se extendía entre nosotros, y, una vez más, seguí un impulso para preguntarle:

- Tú también la oyes, ¿verdad?

No contestaba, parecía que el tiempo se había detenido para él y además, le comenzaba a temblar el labio.

- Yo no oigo nada- dijo al cabo de un rato.

- Pues no parecía eso. Sé que la has oído.

- Deberías dormir más, no te sienta bien- dijo, tajante.

Llamó a la puerta del despacho del rector, sin importarle para nada el mensaje de esa voz. Y, al otro lado, sonó una voz que nos invitó a pasar.

El despacho del rector era una estancia amplia y bien iluminada. La mesa que hacía de escritorio estaba labrada de un modo extravagante. A mi derecha había una estantería donde se podían ver miles de lomos de mil libros de distintos tamaños y colores. Y, frente a nosotros, una figura recortada al contraluz de la ventana, la figura de un hombre enorme nos invitó a sentarnos.

- Siéntense, señores.


La voz que escuché me dejó sorprendido: de inmediato sospeché que algo no cuadraba en aquella escena.

La enorme figura que veía recortada al trasluz de la ventana no coincidía con el equilibrio de la voz que había escuchado, y por un momento dudé si debía continuar el camino hacia el sillón que me indicaban ó debía volver con mi primo al coche y largarnos. Luego, cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra interior, capturaron un movimiento hacia el extremo de la estantería –en la esquina que formaba ésta con la pared exterior del edificio–, y me di cuenta que había una cuarta persona dentro del despacho, esa intención se transformó en pánico a flor de piel y estuve a punto de retroceder, pero dos tenazas aprisionaron mis hombros a la altura de las clavículas, me empujaron con firmeza, y no tuve otra opción que la de sentarme con la docilidad de un caniche chihuahua.

No supe qué ocurrió con mi primo. Después de sentado, acomodado, y dejado libre con el suplicio de mis clavículas trituradas, eché un vistazo a mi alrededor, y él ya no estaba. Tampoco estaban las trituradoras. Como si se hubiesen multiplicado por cero; ahora sí que estoy en un peligro, me dije al sentirme solo.

- Espero que no se sienta mal señor Tomás – dijo la voz desde la penumbra (¿fumaba dentro de un edificio estatal?, me pregunté); después de una corta pausa, continuó: –no tiene nada qué temer de nosotros. Somos los buenos. Los que le darán todas las respuestas que necesita, las que quiere escuchar.

Lo intenté profunda y repetidamente, pero no fui capaz de reconocer rostro alguno en aquél rincón apenas alumbrado. Pude intuir movimiento, brazos que se agitaban, dientes que dibujaban una sonrisa, mocasines que emitían su brillo opaco característico, pero eso fue todo. Supuse que no le importaba si yo lo reconocía o no, porque continuó hablando sin importarle los esfuerzos que yo hacía para reconocerlo: explicó algo así como que dentro de poco me serían revelados algunos misterios, que yo mismo podría resolver algunos, y esperaba que por ello en adelante fuésemos amigos.

Se llevó el cigarrillo a la boca, vi el resplandor brillar en la oscuridad –ahora me di cuenta que era un cigarrillo electrónico– y cómo apartaba la mano con inusual parsimonia; sonrió de nuevo y luego hizo una seña con la mano. El hombre del que inicialmente imaginé que era el rector –aún podía serlo– se acercó al escritorio, se inclinó sobre él. En esa nueva posición la claridad de la ventana no impedía que yo pudiera ver su real apariencia, permitiéndome así enriquecer mi cúmulo de sorpresas de este día que aún prometía: era un cura, y por lo que sabía acerca de las vestimentas y atuendos de los clérigos, éste pertenecía a la orden del Opus Dei. El hombre introdujo su enorme brazo por debajo de la tabla, y al instante una parte de la estantería a mi izquierda se movió, dejando libre un espacio rectangular, una puerta.

- Está a punto de ver lo más interesante del asunto – habló de nuevo el ‘fantasma’ de la esquina; vi que señalaba hacia el espacio abierto y me pareció que su hilera de dientes dibujaban malicia.

Durante un rato en el que ya nadie dijo nada, me quedé a la expectativa observando el orificio, esperando la sorpresa que me tenían. Al rato apareció un fornido enfermero empujando una silla de ruedas sobre la que parecía desmayarse una joven vestida con una bata color rosa; al parecer estaba dormida porque la cabeza le caía sobre el pecho y yo no podía distinguir completamente su rostro. Intrigado, miré al fortachón de la ventana, miré hacia la esquina del fumador, en busca de alguna aclaración convincente, pero al parecer querían que el impacto fuese lo más grande posible, porque se dieron su tiempo en dármela.

- La joven que ves es hermana gemela tuya – dijo por fin el cura ‘rector’; era la primera vez que escuchaba su voz, profunda y cavernosa, equilibrada, acorde con su corpachón de jugador de rugby, aunque ejercitada hasta la perfección para transmitir confianza.

Giré el cuello en dirección a la silla en la que permanecía la joven en cuestión, y en ese momento el enfermero con esmero levantaba su cabeza de manera que yo pudiera observarla con claridad. ¡Me quedé boquiabierto! Aquél rostro era idéntico al mío, hasta el feo lunar que llevo junto al rabillo del ojo estaba en su sitio. Las novedades estaban sobrepasando mi imaginación.

- ¿Sorprendido? – preguntó el cura, y al volverme me di cuenta que no quería una respuesta sino mi atención, porque él mismo se había girado y miraba en dirección al fumador  – luego, cuando por fin me reveló y explicó los grandes secretos que se tenían, comprendí que buscaba aprobación para ello-.

- Claro- atiné a responder a pesar de mi conmoción.

- Es tu hermana gemela, sois mellizos idénticos - comenzó explicando, y luego se extendió en detalles acerca de las circunstancias de nuestro nacimiento, separación y reencuentro. Aunque yo seguía impresionado, desorientado, no me perdía ni una palabra de lo que decía. Lo más impactante fue cuando me reveló lo de los chips electrónicos:

“Descubrimos que entre ustedes era posible la comunicación telepática, el único caso demostrado en el mundo. Comprenderás que debido a que su existencia pone en duda, una vez más, los poderes divinos, nos vimos obligados a intervenir. Los secuestramos e hicimos desaparecer. Para no extenderme más te diré que cada uno de ustedes lleva un chip incrustado en el cerebro, que sirve para registrar toda esa comunicación que entre ustedes existe, además de funcionar como localizador GPS, por supuesto. ¿Recuerdas la voz que te hablaba?”

Instintivamente me llevé la mano a la cabeza, palpé la zona de mi cerebelo -no encontré nada, por supuesto-, y, también instintivamente, miré una a una a las personas presentes en la sala, intentando crearme una imagen concisa de mi mundo, mi existencia, pero de momento, lo reconozco, iba perdiendo.



Mi nombre es Tomás Recio y soy uno de los experimentos de la Corporación Starmore. Lo comprendí en el momento en el que ante mis ojos, el vicepresidente de la misma me mostró a aquella a la que me unía un hilo invisible, a la que era mi otro yo, mi otra mitad: mi hermana gemela, el ángel con el que había soñado durante años, la voz que durante años había pensado que no era más que un indicio de locura arañando mi cabeza.

-El experimento ha terminado- murmura aquel hombre entre dientes-. ¡Haced que duerma!

El mundo se convierte en neblina ante mis ojos y cuando vuelvo a recuperar la visión, me encuentro en una celda que me es familiar, en la celda CHAD 22. Me han herido en el pecho, unas gasas envuelven mi torso tras la extracción de la bala. Recuerdo lo ocurrido, la que sin duda alguna es la que maneja los hilos de aquella corporación ha intentado asesinarme en una cabaña perdida en el bosque de Arbuth. En la palma de la mano, tengo una capsula azul que parece brillar al ritmo de los latidos de mi corazón. Cierro los ojos, no entiendo nada, la cabeza me va a explotar, es una tensión que se acumula en mis sienes y hace que me palpiten los ojos. Cuando los abro, estoy en otra celda. Y ya no soy Chad. Soy Tomás. En la muñeca tengo una pulsera que reza que soy el experimento número 21. Algo hace interferencias en la comunicación que tengo con mi hermana, está claro. Los experimentos estamos conectados entre nosotros. ¿Cómo la habrán llamado a ella? Me corroe la rabia por dentro, el no poder salvarla, el no poder salvar a Chad, a cada uno de los infelices que hemos sido controlados desde nuestro nacimiento por aquellos locos, que hemos sido capturado una vez que hemos desarrollado nuestras facultades sólo dios sabe con qué intención. ¿Seremos sólo 22 o habrá muchos más? Intento concentrarme, dominar el canal, expandir mi voz para que me oigan, para oirlos a ellos, a todos ellos. Chad me responde, mi hermana me responde.

-¿Te han ofrecido la pastilla azul?- me pregunta, con su débil hilillo de voz de princesa, de voz de hada.

Chad responde. La tiene en la mano.

No sé de qué hablan.

-¿Dónde estás, hermana?- grito a través del túnel infinito y oscuro que nos une.

-ARIS 20. ARIS 20. ARIS 20- resuena una y otra vez en mi cabeza como si de una melodía se tratase.

Abro los ojos. Alguien ha abierto la puerta de mi celda. Lo reconozco, es el doctor, el hijo de la directora de Starmore y del moribundo Chad primigenio.

-Tomás. Sé lo que te ocurre, estás viviendo las interferencias con más fuerzas que nunca, ¿no es cierto?

Lo miro desconcertado. Sé que está de nuestra parte, lo he visto a través de los ojos de Chad. Asiento con la cabeza.

-Lo lamento mucho, nunca pensé que los experimentos desarrollárais este efecto secundario tan curioso...Digno de estudio...Pero he encontrado la forma de eliminarlo.

El doctor abre la mano y me muestra la misma capsula azul que momentos antes he tenido en la mano, cuando mi mano no era mía sino del cuerpo en el que mi mente se posaba como un pájaro volandero. Es la pastilla de la que hablan Chad y mi hermana Aris.

-Tómatela y olvidarás todo. Volverás a tu casa, a tu trabajo, a tu vida. Olvidarás este incidente y nos olvidaremos de ti. Para nosotros, el experimento ha acabado y queremos que para ti también acabe, que no vivas con el dolor, con la angustia de saber demasiado...

Pienso que en este caso, la ignorancia será una bendición, que es mejor no despertar según en qué casos.

-No la tomes- me dice Aris-. Ellos nos necesitan. Hay más. Los capturarán. Les harán olvidar. Y comenzarán de nuevo a experimentar con otras mujeres embarazadas, con otros embriones, con otros niños. Alguien les tiene que parar los pies. Alguien los tiene que ayudar.

-No la tomes. Rebélate- dice Chad.

Cierro los ojos. La cápsula de mi hermana rueda a la deriva sobre el blanco inmaculado del suelo de su celda. Salto a la mirada de Chad, que observa como la suya ha reventado bajo el peso de su pie.

-Vivirás en paz- me repite el doctor-. ¿No quieres volver a ver a tu familia?

Doy algunos pasos hacia atrás y llevo la mano hasta la mesilla sobre la que descansa el material quirúrjico. A tientas, cojo un bisturí y sin pensarlo dos veces salto sobre el médico y con un ágil movimiento de muñeca, le cerceno el cuello.

-Yo ya no tengo familia- le digo antes de escupirle en la cara.

Le quito al doctor la tarjeta de acceso- Abro la puerta de la celda, cuchillo en mano. Voy descalzo.
Abro la celda 20. Abro la 21. Aris y Chad han visto todo lo ocurrido, estamos conectados. Somos una única mente, una única cédula terrorista. Y vamos a por ellos. A por todos. A por los experimentos, para hacerlos despertar y que se unan a la causa. A por los culpables de que nuestras vidas ya no sean las mismas. De que mi hermana haya vivido toda su vida en aquella prisión, de que Chad haya descubierto que no es más que un clon de un hombre que está muriendo y de que yo haya dejado de ser un chico normal y corriente para convertirme en un asesino. Las alarmas se disparan, si no nos damos prisa, nos capturarán de nuevo. Corremos a lo largo del pasillo, hacia la salida. Una vez fuera, comienza la verdadera aventura. Comienza el verdadero nuevo despertar.